En los días inciertos de 1879, cuando el Perú despertó al eco de la guerra contra Chile, Sabandía no se quedó atrás. Sus hombres, acostumbrados a la tierra y al agua, al trabajo en los andenes y a la obediencia del caballo, se miraron a los ojos y decidieron montar por la patria. No eran soldados de academia ni conocían la ciencia de la táctica militar. Eran hombres de honor, chacareros y peones, herederos de un valle donde los ojos de agua brotan como espejos cristalinos y la tierra enseña a vivir con dignidad y respeto.

Así nació el Escuadrón de Caballería Sabandía. No como parte del ejército regular, sino como una milicia cívica, un escuadrón formado con lo que tenían consigo, caballos criollos, espuelas gastadas, ponchos de lana y una fe inconmovible en la defensa de su tierra.

Dicen que fueron entre cincuenta y cien jinetes, todos vecinos, todos hermanos en causa. Comandados por hombres de respeto, que asumieron el rango de oficiales no por jerarquía, sino por honor. Se unieron a los escuadrones de Uchumayo, Socabaya, Paucarpata y Characato, formando una muralla viva alrededor de Arequipa, prestos a cerrarle el paso al invasor.

Su misión era sencilla e importante a la vez. Vigilar, estar listos, proteger la ciudad que era entonces la esperanza final de la República. Arequipa, última capital de la nación, aguardaba con dignidad su destino.

Pero el 1883 fue el año del dilema. Cuando el presidente Lizardo Montero optó por la rendición ante el general Chileno José Velásquez, el Escuadrón Sabandía, como tantos otros cuerpos, se enfrentó a una herida que no era de sable, sino de decisión política. La orden de deponer las armas dividió corazones. Algunos obedecieron resignados, otros prefirieron perderse entre los cerros, buscando en Quequeña y Yarabamba el último refugio de la resistencia.

No hay certeza en los papeles si el escuadrón entero cabalgó hacia el sacrificio o si se disolvió en silencio, pero la memoria oral recuerda que algunos de sus jinetes cayeron con honor en la tragedia del 29 de octubre, cuando Arequipa fue doblegada sin gloria. Aquel día, mientras la caballería chilena ingresaba en la ciudad, el coronel José Velásquez Bórquez y su Cuartel General recibían en Paucarpata la rendición de manos del alcalde y del Cuerpo Consular, sellando una ocupación que no nació de batallas memorables, sino de escaramuzas dispersas y de la resignación final. La toma de Arequipa (como denominan las crónicas chilenas), fue para los hijos de esta tierra un episodio amargo; la caída de una ciudad rendida antes de que pudiera consumarse la defensa que la memoria popular aún imagina.

El destino del Escuadrón Sabandía quedó escrito, no en los partes militares ni en las memorias oficiales, sino en el rumor del agua clara de Yumina y en el viento que cruza el fecundo valle. En cada andén que sobrevive al tiempo está el eco de aquellos hombres que dejaron por un instante el arado y la chacra para vestir el uniforme improvisado de la patria.

No ganaron batallas, pero tampoco las perdieron. Fueron derrotados por la historia misma, esa que no siempre permite combatir. Y, sin embargo, su legado no es menor. El Escuadrón Sabandía sigue siendo testimonio de la nobleza de un pueblo que eligió montar caballos y ofrecer su vida antes que rendirse sin estar dispuesto a pelear.

Y cuando el viento recorre los ojos de agua al caer la tarde, aún parece escucharse el galope contenido de aquellos hombres que, sin ser héroes de bronce ni de estatua, supieron ser oficiales de la guerra más dura, la de resistir en silencio.

Referencias

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